En el municipio de San Fernando, a orillas de la Laguna Madre, se asienta Carboneras, una de las comunidades pesqueras que viven de la laguna costera más importante de Tamaulipas. Es un cuerpo de agua que recibe caudales de varios ríos y que figura entre las lagunas de mayor producción pesquera del Golfo de México, sobre todo de camarón. También sostiene ostión, lisa, jaiba y almeja, y es refugio de aves que llegan durante todo el año.
Con esa riqueza, cualquiera supondría que Carboneras vive con holgura. No es así.
Tres mil personas y una temporada
De Carbonera Norte —conocida en la región como el Barrio Pobre— a Carbonera Sur habitan alrededor de tres mil personas. Prácticamente todas se dedican a la pesca o a remendar y vender redes. Hombres, mujeres y niños saben pescar; tienen que hacerlo.
La temporada de camarón, la más redituable, comienza con la primavera. A partir del 21 de marzo los pescadores salen en sus lanchas hacia la barra de Lucinda, la barra boca de Catán y el frente de la zona habitada, un tramo de cinco o seis kilómetros que corre de Carbonera Norte a La Playita. Colocan estacas en triángulo y ahí capturan el camarón.
Son los meses en que la prosperidad visita el poblado. De esa venta saldrá el dinero para subsistir durante la veda. Marzo, abril, mayo y junio son los meses buenos; también sacan lisa, para autoconsumo y para vender. Cuando la temporada termina y entra la canícula, empiezan los meses austeros.
Sin muchas alternativas, los hombres salen a buscar trabajo en los ranchos vecinos, desmontan solares o se van a la ciudad. Quienes prefieren seguir su oficio emigran a las presas del norte: Camargo y Comales son los destinos más socorridos. Los que se quedan —en su mayoría mujeres y hombres mayores— sobreviven de la lisa, la jaiba y el ostión, sabiendo que en febrero está vigente la veda de lisa y que no pueden vender marisco hasta marzo.
La memoria de los meteoros
Hay un relato que se repite en Carboneras. Cuentan que hubo un tiempo en que la laguna se secó y con ella se terminó el sustento. No fue sino hasta después del huracán Beulah, el 17 de septiembre de 1967, que las aguas subieron, los peces volvieron y la actividad pesquera se recuperó.
Después vinieron otros episodios que menguaron la presencia de especies: la helada de 1983, el huracán Gilberto en 1988, Emily en 2005, Alex en 2010 y las heladas de 2011 y 2021. Tras cada uno, según cuentan los mayores, el poblado volvió a caracterizarse por una gran producción.

Esa memoria colectiva no es folclor. Es una serie de tiempo guardada en la conversación de un pueblo, y coincide con algo que la ciencia pesquera reconoce: los sistemas lagunares costeros responden a las perturbaciones extremas con reacomodos que a veces se traducen, años después, en repuntes de captura.
El invierno en la orilla

En los últimos días de invierno el sol quema en Carboneras, pero el aire frío le recuerda al visitante que no debe confiarse del paisaje. Las aguas verdes de la Laguna Madre, con patos y pelícanos nadando en las orillas, son una invitación perfecta para nadar, pero el lugar no se llena de bañistas sino hasta después de marzo, con la Semana Santa, cuando los pescadores ven en los visitantes la oportunidad de vender su producto.
El pueblo luce casi vacío por la migración obligada, aunque los lugareños aseguran que poco falta para que regresen los que se fueron y aprovechen el tiempo de pesca. El silencio de las calles solo lo interrumpe el paso esporádico de algún vehículo. No hay gente que haga ruido afuera de las casas, salvo quienes remiendan sus redes.
La mayoría de las viviendas están construidas con madera y cartón; pocas son de material. La ayuda mutua es práctica común. De vez en cuando llegan integrantes de iglesias evangélicas a repartir despensas y ropa, que los pescadores comparten con sus vecinos. Aun así las carencias permanecen todo el año.
Una habitante del poblado lo resume sin rodeos: lo primero que falta es alimento y vivienda; aunque tengan sus pedacitos de tierra, no hay muchas formas de subsistir, y la alimentación se basa en lo que puedan pescar, eso y frijoles con chile. Las necesidades aumentan cuando llegan las enfermedades, porque la gente vive a la orilla del agua.
Buena parte de la comunidad recibe algún programa de gobierno, pero es insuficiente. Desde que comienza la canícula y hasta marzo son meses en que no se pesca para venta, solo para autoconsumo, y es mínimo. Son tiempos duros: hay quien se esconde para pescar, porque no está permitido, y quien es sorprendido enfrenta multa y decomiso de artes y embarcaciones.
En esas circunstancias, los programas federales de apoyo se vuelven indispensables.
«Ya no sacamos lo de otros años»
Pero desde hace tiempo la Laguna Madre ya no es tan dadivosa. A pocos días de comenzar la temporada, algunos pescadores que ya echaron sus redes dicen que no están viendo mucho marisco en el agua. Repiten una frase que en la comunidad se escucha cada vez con más frecuencia: que ya no sacan lo de otros años.
Aun así conservan la esperanza. Aseguran, con su hablar sencillo, tener fe en que la naturaleza sea benévola con las familias de La Carbonera.
Esa frase merece tomarse en serio. Quien ha pescado treinta años en la misma barra sabe cosas que ningún muestreo captura: cómo cambió el fondo, en qué luna corre el camarón, dónde ya no hay lo que había.
Pero merece también contrastarse con los registros. ¿Qué muestran los datos oficiales sobre el camarón de esta costa? ¿Confirman lo que los pescadores perciben, o cuentan otra historia?
La respuesta es menos obvia de lo que uno esperaría, y es el tema de la próxima entrega de este Observatorio.
El Observatorio de Ciencia Pesquera es un espacio de divulgación de acceso libre. Los comentarios y aportaciones de las comunidades pesqueras son bienvenidos.
Fotografías: Jorge Homero Rodríguez Castro.
